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DE REGRESO A CASA

Marcela Ortiz

Mientras estoy unos días en casa de mis abuelos, me causa gran impresión ver la ropa sucia que se va acumulando y la cual guardo en la mochila que traigo, también me da asco verla llenarse de estas prendas ya usadas y las cuales no me generarían repulsión si estuviera en mi casa…
En fin, que la idea de cargar esa suciedad, las acciones, emociones que sentí al llevarlas puestas me dejan exhausta; y es que hay algo desmoralizante (para mi) en esta acción de llegar a casa arrastrando lo vivido a través de la ropa, el desempacarla y lo que se lleva a cabo: el olor del pasado, desdoblar los recuerdos y tirarlos al piso, (porque es inimaginable que esa ropa llegue a tocar el altar sagrado que es mi cama); y lavarla como si nada hubiera pasado estos últimos días. Haciendo que el recuerdo se evapore y no aprender nada de las cosas que ya tengo bien sabidas, dejar los cabos sueltos, que la “yo” que detesto tome posesión de mi cuando vuelva a ese lugar que adoro estando sola y al cual (¿se podría decir que es eso, o solo estoy siendo drástica?) machaco con mis acciones en la noche, con las palabras, con lo que prefiero no nombrar. Y así en un desfile de suciedad vuelvo una y otra vez al sentimiento impuro, a esta ropa que odio con todo mi ser estando allá, a la que quiero desaparecer de mi vista, la que no va a cambiar a menos que la lave a consciencia una vez la haya usado, pero no es lo mismo, nunca lo será; la impresión ya se dio y esta asentada, la suciedad ya lo toco todo y solo queda el regreso purificador, el destino nuevo e inmaculado en otro lado porque donde alguna vez fue, no será.

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L’orrore (El horror)


Para hacer más llevadero este relato quisiera despersonalizarme al escribirlo. Como una voz omnipresente, es decir, en tercera persona.

El miedo no ha estado presente toda su vida, pero hay ciertos recuerdos que tiene de ese pensamiento/sensación que más tarde sería el estilo de vida. El pan de cada día.

Tales como desapartarse un momento de las risas con sus primos y mirar hacia esa casa, que nunca les perteneció, y creer ver un espantapájaros mirándola. La oscuridad de la noche y lo que en ella se esconde.

Más tarde su madre gritando a mitad de la carretera desierta; alarmada por eso.

Ese suceso desencadenó los nervios, la pesadez del cuerpo, no poder dormir y cerrar la puerta del cuarto, que compartía con su hermana, por primera vez desde que se había mudado a la ciudad, porque quién sabe qué ente podría pararse ahí. Los ojos pelones y los ruegos a todos con los que compartía casa para que durmieran con ella, tomados de la mano, abrazados, mirándola, vigilando el sueño. Y, si nada de eso sucedía, el foco del patio hacia su función, de vez en cuando, y toda la noche, estar prendido como aquel guardian que impide el rapto de un tesoro valioso.

Siempre había eventos que la alejaban de esa independencia a la luz que la protegía, a los ruegos porque alguien la acompañara en esas largas horas.

Luego llegó la chica de la Iglesia y ese ente. No concibió el sueño en toda la noche, no paró de agitarse, de hablarle a su madre, de llorar, de temblar, creyendo que algo podría pasarle.

Y ha pasado tanto tiempo desde eso, desde que se pudo desprender del miedo a dormir sin una luz, y acompañada; tal vez sea el tiempo, la edad…

Y de vez en cuando esos sentimientos la embargan y no duerme en toda la noche.

Hace nada, otra vez, el ansia la ha consumido y no ha podido dormir visitando a sus abuelos, y le ha pasado lo que la ha hecho correr al seno de su madre. Escuchó un lamento, un lloro. Su mirada se disparó al cielo igual que su ritmo cardiaco, las extremidades se aflojaron, la voz no salía hasta que todo pasó. Y sin poder contenerse, sin evitarlo, ha recorrido todos esos años de crecimiento y ha vuelto a ser un bebé. Se acurrucó en los brazos de su madre y quiso llorar porque los sentimientos superados se habían ido, una vez mas, al trasto; y quiso no volver a ese lugar que tiene su adoración, quiso no recordar nada, quiso poder dormir pero nada pasó. Una vez más abrió los ojos y aún seguía oscuro.

 
 
 

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