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DE REGRESO A CASA

Marcela Ortiz

Mientras estoy unos días en casa de mis abuelos, me causa gran impresión ver la ropa sucia que se va acumulando y la cual guardo en la mochila que traigo, también me da asco verla llenarse de estas prendas ya usadas y las cuales no me generarían repulsión si estuviera en mi casa…
En fin, que la idea de cargar esa suciedad, las acciones, emociones que sentí al llevarlas puestas me dejan exhausta; y es que hay algo desmoralizante (para mi) en esta acción de llegar a casa arrastrando lo vivido a través de la ropa, el desempacarla y lo que se lleva a cabo: el olor del pasado, desdoblar los recuerdos y tirarlos al piso, (porque es inimaginable que esa ropa llegue a tocar el altar sagrado que es mi cama); y lavarla como si nada hubiera pasado estos últimos días. Haciendo que el recuerdo se evapore y no aprender nada de las cosas que ya tengo bien sabidas, dejar los cabos sueltos, que la “yo” que detesto tome posesión de mi cuando vuelva a ese lugar que adoro estando sola y al cual (¿se podría decir que es eso, o solo estoy siendo drástica?) machaco con mis acciones en la noche, con las palabras, con lo que prefiero no nombrar. Y así en un desfile de suciedad vuelvo una y otra vez al sentimiento impuro, a esta ropa que odio con todo mi ser estando allá, a la que quiero desaparecer de mi vista, la que no va a cambiar a menos que la lave a consciencia una vez la haya usado, pero no es lo mismo, nunca lo será; la impresión ya se dio y esta asentada, la suciedad ya lo toco todo y solo queda el regreso purificador, el destino nuevo e inmaculado en otro lado porque donde alguna vez fue, no será.

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Necesito un abrazo


La soledad me aplasta como un ancla cayendo en el agua. Hoy más que nunca quiero un abrazo ya que la tristeza me consume, pero no me atrevo a pedirlo ya que a consideración mía es algo que alguien debe darte porque le nace.

Según un artículo proveniente de la página “zona hospitalaria”, el contacto físico es vital para sentirse bien, es el reconocimiento de que existimos.

Quiero llorar entonces y lo hago, tal vez mientras escribo esto derrame más lágrimas y es que en una sociedad como la de hoy se me hace aún más importante el reconocimiento como seres humanos. Delante de la pantalla el mundo es un idilio, el escape de la realidad; al apagar este dispositivo llega el irrefutable “y ahora qué?”, ahora quiero que me abracen, ahora quiero que alguien me sostenga entre sus brazos y no me deje ir, que me apriete contra su pecho. Es la acción por la que llegaría a morir, el abrazo perfecto, la caricia que me sostiene toda, lo que me hace llorar porque no lo tengo.


 
 
 

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