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DE REGRESO A CASA

Marcela Ortiz

Mientras estoy unos días en casa de mis abuelos, me causa gran impresión ver la ropa sucia que se va acumulando y la cual guardo en la mochila que traigo, también me da asco verla llenarse de estas prendas ya usadas y las cuales no me generarían repulsión si estuviera en mi casa…
En fin, que la idea de cargar esa suciedad, las acciones, emociones que sentí al llevarlas puestas me dejan exhausta; y es que hay algo desmoralizante (para mi) en esta acción de llegar a casa arrastrando lo vivido a través de la ropa, el desempacarla y lo que se lleva a cabo: el olor del pasado, desdoblar los recuerdos y tirarlos al piso, (porque es inimaginable que esa ropa llegue a tocar el altar sagrado que es mi cama); y lavarla como si nada hubiera pasado estos últimos días. Haciendo que el recuerdo se evapore y no aprender nada de las cosas que ya tengo bien sabidas, dejar los cabos sueltos, que la “yo” que detesto tome posesión de mi cuando vuelva a ese lugar que adoro estando sola y al cual (¿se podría decir que es eso, o solo estoy siendo drástica?) machaco con mis acciones en la noche, con las palabras, con lo que prefiero no nombrar. Y así en un desfile de suciedad vuelvo una y otra vez al sentimiento impuro, a esta ropa que odio con todo mi ser estando allá, a la que quiero desaparecer de mi vista, la que no va a cambiar a menos que la lave a consciencia una vez la haya usado, pero no es lo mismo, nunca lo será; la impresión ya se dio y esta asentada, la suciedad ya lo toco todo y solo queda el regreso purificador, el destino nuevo e inmaculado en otro lado porque donde alguna vez fue, no será.

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Su llegada

Fun fact: Siempre que comienzo estos escritos, que hoy lector tan amable me honra leyendo, tengo el título ya destinado, pero este no, veamos como se desarrolla…


Cuando era pequeña solía dormir muy nerviosa esperando la llegada de mi papá de su trabajo, (a el lo dejo de ver por quince días debido a esto, entonces imaginaran mi emoción). No consigo recordar si mi madre me lo decía o simplemente era esa emoción que a las tres nos dejaba en vilo. Don Adolfo iba a llegar. Siempre lo hace de madrugada. Nunca me di cuenta de como sucedía, nunca lo recibí de madrugada, siempre era al día siguiente, cuando tenía que levantarme para ir a la escuela (ahora estoy evocando esa casa en la que viví, que estaba frente a la primaria a la que asistía). Siempre tomando café lo encontraba, o parado con las cosas que nos traía de ese lejano lugar que lo apartaba de mí.

Los regalos eran variados y siempre era uno para Mariana (mi hermana) y el otro para mi, de los que mas me acuerdo son: unos chocolates Larín (no tengo idea si esa marca aún existe), uno rojo y otro verde. Me quede, en esa ocasión, con el rojo. Otra vez trajo libretas, muy bonitas, en un paquete. Nos sorprendió cuando llego con un PSP4, llena de juegos: el principe de Persia, batallas de karate, carreras de carros, son los que recuerdo haber jugado; un carro (el primero que tuvimos) gris, alargado, elegante; un iPod, un reloj de musica… En fin, probablemente muchas cosas que ya he enterrado en mi memoria y las cuales después dejaron de llegar con el paso del tiempo…

Esa llegada de él, en ese tiempo, significaba para mi la ostentación de las cosas que traía por delante, era lo que esperaba, más que a él. Era su forma de demostrarme amor, porque la mayoría del tiempo eran dolores de panza para mi y dolores de cabeza para mi mamá, cada fin que el  se encontraba “descansando”.

Era su forma de decir: perdón porque no llegare en toda la noche, perdón porque llegaré insultando borracho, perdón porque las despertare mientras duermen, romperé ese reloj que trajimos de España contra la pared, perdón porque las haré salir a buscar las llaves que perdí a mitad de la noche y por todo el pueblo, perdón porque todo el mundo lo sabra… Perdón.

Y en esta rutina de alegría, y tal vez esperanza, que en esta ocasión los regalos sugerirían que no pasaría nada de eso, iríamos a Xalapa para crear recuerdos felices porque si y no para tapar la culpa por esos ratos de miseria; y él podría colgarse la medalla de padre y marido ejemplar que de todos modos se colgaba.

Pero no paso, a menos esa rutina de penuria, los regalos dejaron de llegar, la casa cambió y el carro igual, pero él siguió.

Siguieron las noches de desvelos, interrupción al sueño concebido para ayudar a mi mamá a sacarlo del carro (en el cual había llegado), en el cual se encontraba inconsciente y apestando a alcohol, vomitado en ocasiones y en el mejor de los casos balbuceando incoherencias, pidiendo perdón, o eso me he convencido que decía. O eso quiero creer que reemplazo los regalos...


 
 
 

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